El Padre celestial tiene un plan para la vida de cada persona, y este puede resumirse con la palabra santificación.
En su forma verbal, santificar, el término significa “hacer santo” o “separar”. Así que, cuando algo es santificado, es separado de su existencia anterior y dedicado a propósitos sagrados. El Antiguo Testamento menciona varias cosas que el Señor santificó: hizo santo el séptimo día, apartó a la tribu de Leví como sacerdotes, e incluso consagró lugares como el Lugar Santísimo en el tabernáculo (Gn 2.3; Nm 3; Ex 40.9-11).
Nuestro Padre celestial también santifica a las personas hoy en día. Antes de que una persona se entregue a Cristo, está espiritualmente muerta (Ef 2.1, 3). Pero en el momento que decide poner su fe en Cristo, sus pecados son borrados y es adoptado en la familia de Dios, apartado como hijo de Dios con un propósito sagrado. Esto significa que los creyentes no debemos buscar ganancias personales, sino servir al Señor y glorificarlo.
Como miembros de la familia de Dios llamados a reflejarlo al mundo, a los creyentes se les llama “santos”. Recibimos este título, que comparte su raíz con santificación, no porque hayamos alcanzado la perfección sin pecado, sino porque tenemos una vida coherente con Aquel a quien representamos.
BIBLIA EN UN AÑO: EZEQUIEL 1-3