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Artículo Destacado

Una pregunta sencilla

Dios nos encontrará en cualquier lugar, incluso en nuestros momentos de mayor ansiedad.

Kimberly Coyle

Vivimos tiempos de ansiedad. Tenemos acceso, día y noche, a malas noticias de todo el mundo al alcance de la mano. El internet está cambiando nuestro cerebro y creando conexiones neuronales orientadas a la ansiedad incluso en la generación más joven. Estamos sobreestimulados y sobrecargados, con todo tipo de distracciones adormecedoras a nuestro alcance.

Ilustración por Jeff Gregory

Pero para algunos de nosotros, la ansiedad es una vieja compañera que precede al ciclo de noticias de 24 horas y a la internet. Antes de ser escritora, fui enfermera titulada. La enfermería es una vocación noble y un hermoso ministerio, pero después de buscar como Ricitos de Oro el trabajo de enfermería “perfecto”, me di cuenta de que el trabajo no era el problema; era yo. 

Comencé mi carrera, por así decirlo, trabajando en una residencia de ancianos. No satisfecha con ese trabajo, probé todos los demás nichos en el campo médico: farmacéutico, médico/quirúrgico, pediatría subaguda y más. Una vez pasé exactamente una semana trabajando en una compañía de seguros y renuncié de inmediato. Pensé que quería un “verdadero” desafío para mi pericia médica, pero la verdad era que me aterraba la idea de conducir hasta el consultorio de un médico en la ciudad.

En vez de buscar un trabajo local, intenté sobreponerme a mis miedos y solicité un puesto fijo en una Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales en un hospital de investigación urbano y pasé un año yendo y viniendo a la ciudad a pesar de mi aprensión. El recuerdo más intenso que tengo de ese año era el mareo y la sensación de pánico inminente que sentía mientras daba vueltas por el parqueadero en busca un lugar para estacionar antes de cada jornada laboral. Experimentaba una ansiedad extrema antes y durante el trabajo, y una vez más me convencía a mí misma de que el problema era el empleo. En realidad, estaba absolutamente aterrorizada de cometer un error. Estaba ansiosa todo el tiempo, pero no tenía las palabras para describir lo que mi cuerpo me estaba diciendo. 

Incluso después de esta lucha evidente, seguía sin creer que la ansiedad fuera parte de mi vida, hasta que me di cuenta de que nadie más expresaba los mismos miedos o nerviosismo en torno a sucesos ordinarios de la vida. Conducir claramente desencadenaba ansiedad en mí porque había perdido a una querida maestra, a una amiga de la infancia y a mis abuelos en accidentes de vehículos traumáticos. Pero también había muchos eventos en apariencia “normales” en la vida que me dejaban en estado de hipervigilancia y físicamente temblorosa —señales que ignoraba una y otra vez.

En su libro Try Softer (Inténtalo con suavidad), la escritora y consejera profesional acreditada Aundi Kolber escribe: “Cada uno de nuestros cuerpos es un sistema que anhela, el cual fue creado para avanzar hacia la sanación. Cuando no permitimos que nuestros cuerpos procesen sus experiencias, ciertamente nos lo dirán… Nuestros recuerdos y experiencias no desaparecen sin más. Nuestros cuerpos son sus guardianes”. Mi cuerpo me habló durante años, pero me negué a escuchar. Y la ansiedad, como un ladrón que permanecía en la escena del crimen, siguió robándome la alegría y la paz durante décadas.

Kolber cuenta que la casa donde creció era un lugar caótico que provocaba una profunda ansiedad. En lugar de buscar ayuda profesional para su matrimonio y los problemas de fondo, sus padres recibían en casa a grupos de la iglesia para orar y eliminar su disfunción. Ella escribe: “No puedo dejar de pensar que Dios podría haber obrado en los problemas de disfunción de nuestro hogar a través de medios más concretos… Ahora sé que estábamos buscando una respuesta exclusivamente espiritual a un problema en gran parte psicológico y fisiológico”.

Con los años, cuando mis oraciones para “sentirme mejor” parecían no tener respuesta, empecé a usar nuevos enfoques para abordar la ansiedad que experimentaba. Muchos de estos involucraban mover mi cuerpo de maneras que me ayudaran a procesar físicamente la sensación de ansiedad que había escondido en lo más profundo de mi ser. Dar largos paseos, hacer estiramientos y pasar tiempo al aire libre en la naturaleza son prácticas profundamente sanadoras que continúo realizando hasta el día de hoy. La terapia también sigue siendo una herramienta útil para procesar tanto el pasado como el presente con la guía de un un testigo compasivo.

Estas prácticas han sido increíblemente útiles, y sé que son regalos que Dios me ha dado para abordar las causas profundas que generan ansiedad en mi vida. Pero, dado que somos cuerpo, alma y espíritu, también he descubierto que necesito prácticas que dan estabilidad espiritual, además de las opciones físicas. Los momentos diarios de silencio y quietud, junto con un enfoque de oración más orientado a escuchar, han sido profundamente impactantes. Al permanecer con Dios en momentos de quietud o meditar en un pasaje de las Sagradas Escrituras, en uno de los nombres de Dios o en una imagen de los evangelios, siento su presencia de una manera que no sentía antes.

Mi mentora espiritual, Debra, me sugirió una práctica más que ha sido valiosa. Me ayuda a dejar de ver la ansiedad como algo que hay que soportar y, en cambio, reconocer que tiene algo que enseñarme. Ella me dijo que cuando experimente pensamientos de miedo, haga una pregunta sencilla: ¿Cuál es la invitación de Dios para mí en esto?

Abordar los sentimientos de inquietud con una actitud de curiosidad me ha ayudado a explorar qué podría estar invitándome Dios a experimentar en esos momentos. Sé que la ansiedad no viene de Dios, pero todavía puedo encontrarlo obrando en mí interior cuando me siento intranquila.

Cuando surgen pensamientos de nerviosismo, a menudo siento que Dios me invita a explorar más profundamente qué hay detrás de ellos. ¿Qué temor está presente? ¿Qué mentira estoy creyendo? ¿Cuál es la raíz? En otras ocasiones, he sentido una invitación a cambiar algunos de mis hábitos, a buscar más ayuda, a mover mi cuerpo de nuevas maneras o a probar una práctica espiritual diferente. A veces, la invitación es simplemente estar con Dios en ese momento de inquietud hasta que este pase.

Replantear la ansiedad como una invitación a profundizar con Dios ha sido un cambio enorme, útil y lleno de esperanza para mí. Había intentado ignorar y reprimir mis pensamientos de ansiedad, orar para que desaparecieran, identificarme demasiado con ellos o culpar a Dios, a otros o a mí misma por la forma en que sentía que mi cuerpo y mi mente me estaban traicionando. En vez de eso, he comenzado a entender la complejidad de mis preocupaciones y a ver cómo un enfoque suave del cuerpo, el alma y el espíritu es necesario para experimentar la sanación. Ahora, cuando empiezo a dar vueltas en el multinivel parqueadero de la ansiedad, encuentro un lugar seguro para estacionar y le pregunto a Dios: “¿Qué me estás invitando a experimentar —aquí y ahora mismo?”