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Todo se trata de equilibrio

Cómo algo bueno puede convertirse en un ídolo

Michael Morgan

Una tarde de domingo a finales de julio, mi hijo y yo nos dirigimos al campo de béisbol justo después de la iglesia, almorzamos de la caja térmica mientras él se cambiaba de ropa en el auto porque su nuevo equipo había comenzado a entrenar para prepararse para la temporada de otoño. Él ha jugado béisbol en clubes durante quizás cuatro años y medio, y en ese tiempo hemos trazado el penoso desierto que separa el béisbol como bendición y como ídolo. Un dios terrible.

Ilustración por Jeff Gregory

Agarró un bate y una pelota por primera vez cuando tenía cinco años. Desde que se puso su uniforme de béisbol infantil por primera vez, supe que este juego iba a ser algo especial para él porque, de hecho, posó voluntariamente para una foto. Nuestra familia se mantuvo con la liga recreativa (las viejas y buenas ligas de barrio en las que uno va tal como es) durante tres o cuatro años. Las temporadas eran breves —cinco semanas en primavera, cinco en otoño— pero el parque de juego era divertido. Esos fueron años de pura alegría, y creo que todos nos enamoramos un poco del juego. Así que comenzamos a explorar oportunidades para que nuestro hijo intentara entrar en un equipo de club. Solo queríamos más béisbol. Y de hecho lo conseguimos —por decir lo menos.

A veces, parece que ser padre, o incluso existir, en la era moderna se reduce a una competencia por ver quién puede estar más agotado. Tendemos a llevar nuestro ajetreo como una insignia de honor. Y los deportes juveniles no son diferentes a cosas como el trabajo, la escuela, la iglesia o la comunidad, en el sentido que toman algo divertido y hermoso y lo ponen en una caminadora. La alegría se convierte en ajetreo. El descanso sale volando por la ventana y termina hecho un guiñapo al compararlo con un equilibrio saludable de vida.

Como padres de un jugador de béisbol de club, experimentamos el deporte como una especie de identidad, un lugar donde siempre estamos luchando por pertenecer. Era, de hecho, arena movediza. La presión sobre nuestra familia para estar en cada práctica y cada partido era inmensa. Un pequeño diablo en mi hombro susurraba: “Falta a una sola cosa, y no habrá más que el banquillo por el resto de la vida de tu hijo”. A ese mismo diablillo seguro le encantaba lo seguido que las prácticas y los partidos caían los domingos.

Me encontraba atrapado como un robador de bases corriendo entre segunda y tercera. Por un lado, me gustaba el tiempo en familia en el parque de béisbol. Pero desde luego no quería sentir que todos vivíamos allí. Lo que comenzó como un esfuerzo para hacer más de algo que todos disfrutábamos, se había convertido en una rutina agotadora.

Las cosas se volvieron insoportables hace 18 meses cuando nuestro hijo decidió probar para un equipo AAA (un nivel más alto de competencia con expectativas y ansiedad extraordinarias, tanto en el dugout como en las gradas). Llevábamos unas semanas en la temporada, y ya podía darme cuenta de que mi hijo ya no estaba jugando. Solo estaba intentando no cometer errores. En las gradas, los padres lidiaban con la tensión no diciendo nada en voz alta. Y la exigencia sobre nuestro tiempo se volvió abrumadora, haciéndose visible en todo, desde una casa desordenada y jardines descuidados, hasta la mucho más problemática cadena de ausencias en los servicios dominicales.

El costo estaba resultando ser mucho más alto de lo que cualquiera de nosotros quería pagar. Nunca olvidaré cuando estaba en la fila para subir a una montaña rusa en King's Island ese verano —temiendo una prueba que se aproximaba— y recibí un mensaje diciendo que el entrenador dejaba ese equipo y que todos seguirían caminos separados. Nunca me había sentido tan feliz de ver a Dios cerrar una puerta.

Cuando el mundo nos dice que nos esforcemos al máximo, siempre nos pone una zanahoria al frente. Algún final imaginado que hará que todo valga la pena. Oportunidad. Reconocimiento. Vivir en la tierra de la abundancia. Corrimos en la caminadora de los deportes juveniles, aumentando la velocidad cada temporada, y nunca llegué a ver ni de cerca la tierra prometida. No importaba qué tan bien jugara mi hijo, siempre había un próximo partido. No importaba cuántas horas pasara conduciendo o sentado en el auto esperando a que terminara una práctica, siempre había otra programada para el día siguiente.

Me acuerdo de dos observaciones sabias, una de ellas dice: “La comparación es la ladrona de toda alegría”. Gran parte de nuestro impulso por esforzarnos está, en la raíz, alimentado por mirar lo que tiene nuestro vecino y desear lo mismo para nosotros. Cuando usted llega al siguiente peldaño en la escalera, el mundo le mostrará a alguien más arriba y le dirá que es hora de seguir subiendo. Consigue un ascenso y un aumento de sueldo y se muda a una casa más espaciosa, y justo al lado habrá una casa aún más espaciosa por lo que hay que empezar a ahorrar.

Siempre habrá un jugador de béisbol mejor, una casa más grande, un auto más bonito, o un trabajo más cómodo. Siempre. Usted no está persiguiendo una zanahoria; está persiguiendo el viento. (Vea Eclesiastés 1.14).

Y eso me lleva a la segunda declaración sabia, de hecho, otro pasaje de Eclesiastés: “Mejor un puñado de tranquilidad que dos de fatiga y de correr tras el viento” (Eclesiastés 4.6 NVI). Si usted busca una vida que incluya descanso, comenzará a valorar las “oportunidades” de manera muy diferente. Dejará de preguntarse “¿esto me llevará a donde quiero ir?” para preguntarse “¿esto es bueno?”. Cuando lo haga, descubrirá que Dios provee muchos caminos que son buenos. Es parte de su abundancia.

Ese equipo de béisbol AAA de alta intensidad se disolvió justo cuando estábamos en el punto más bajo de nuestro agotamiento como familia. Teníamos una elección: permanecer en esa caminadora, encontrar otro equipo y seguir esforzándonos, o elegir algo más. Así que, cuando un entrenador con el que habíamos trabajado unos años antes se puso en contacto para ver si nuestro hijo quería probar con un equipo que él estaba formando, evaluamos cuánto tendríamos que sacrificar a cambio de lo que íbamos a ganar. Máximo dos torneos al mes, no nos queda a más de una hora. Ahora, el béisbol se adapta a nuestra vida, en lugar de obligarnos a exprimir unas pocas gotas de vida de las horas que el deporte no nos reclama. Las cosas se sienten, en una palabra, equilibradas.

El nuevo equipo es bastante serio como para que todos den lo mejor de sí, pero nadie está construyendo un currículum para entrar en la División I de la Asociación Nacional Atlética Universitaria (NCAA), mucho menos para una clase de reclutamiento de las Grandes Ligas. Los jugadores se apoyan de todo corazón unos a otros, y los padres animan a todo el equipo. Uno persigue las cosas buenas de manera muy diferente cuando no pone toda su esperanza en ellas. ¿Llevará este camino al máximo de oportunidades? Con sinceridad, no lo sé. Ni siquiera estoy convencido de que eso importe tanto. Lo que sé, sin embargo, es que ya no estamos cargados con “ambos puños llenos de trabajo”. Podemos respirar de nuevo, y Dios nos está demostrando una vez más que sus promesas son siempre verdaderas.

Además, el béisbol es divertido de nuevo. Y así debe ser.