Imagínese una fiesta en el patio donde todos se divierten hasta que el viento comienza a soplar. El cielo se oscurece y huele a lluvia; los invitados corren adentro. Apenas entra la última persona, empieza a llover con fuerza. Adentro, algunos miran por la ventana, fascinados por los truenos y relámpagos; otros se abrazan o se tapan los oídos, y unos pocos saltan con cada estruendo. Un grupo charla como si nada pasara. ¿No es esta una imagen de cómo cada quien reacciona distinto ante las tormentas de la vida?
Ante las turbulencias que enfrentamos, nuestras distintas reacciones pueden marcar una diferencia significativa a largo plazo. Algunas personas reaccionan de forma saludable y salen fortalecidas, mientras que otras se ven abrumadas por el desafío.
La diferencia en nuestra reacción suele depender de la imagen que tengamos de Dios. Si lo vemos como un Padre amoroso, confiaremos en que tiene el mejor plan para nuestra vida. Pero si lo percibimos como un obstáculo para nuestras metas o creemos que solo desea castigarnos, podríamos cerrar la puerta a muchas bendiciones.
Las tormentas de la vida son inevitables (Jn 16.33). Cuando llegue una, lo más sabio que podemos hacer es clamar al Señor y confiar en que nos guiará a través de lo que venga.
BIBLIA EN UN AÑO: NÚMEROS 20-22